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Entre fascinados y escépticos

Entre fascinados y escépticos

Juan Herreros - Madrid, 2007

¿El mundo se ha vuelto insostenible? Podríamos comenzar por enunciar una crisis que nos atenaza fruto de la complejidad creciente de los ingredientes artificiales que interviene en la definición de nuestro medio habitable según la cual no se concibe otra forma de progreso y mejora que el crecimiento a cualquier precio, el aumento de la oferta, la posibilidad del cambio permanente desbordando permanentemente cualquier previsión. Sabemos que ese derroche ha arrastrado a los ingredientes naturales del mismo medio a una suerte de redefinición global que tiene su origen en un sinfín de acciones locales aparentemente insignificantes. Este encontronazo entre millones de actos individuales y la construcción de una naturaleza que ya no comprendemos, es un fenómeno que si no es nuevo (las glaciaciones, terribles sequias, lluvias de meteoritos o maremotos con consecuencias de gran fractura natural han sido frecuentes en la historia del globo) nunca habían tenido al hombre como agente inductor. El caso es que no se nos escapa que tal correspondencia entre lo menudo y lo global genera de primeras un mundo cada día más injusto y catastrófico y que nos ha llevado a habitar un planeta maltrecho que solo a base de importantes readaptaciones permanentes de sus propios procesos puede mantener el equilibrio. Desgraciadamente, también sabemos que las posibilidades de éxito de un programa de corrección severa son mínimas y no solo porque esta “realidad incómoda” se haya convertido en un asunto de política mundial incorporada plenamente al entramado de pugnas de intereses de poder y sumisión que todo lo impregna hoy en día, sino porque lo que lo que llamamos “recuperación” es imposible pues la naturaleza, al devenir global, ya es otra y solo podrá ser a su vez una distinta, y así sucesivamente, quizás más equilibrada y apaciguada, más igualitaria y en armonía con sus habitantes, pero nutrida de procesos, especies y leyes hoy desconocidos. Nos encontramos por tanto ante una encrucijada compleja: la consciencia de que habitamos un medio insostenible (incapaz de generar los recursos necesarios para mantenerse sin consumir sus reservas) que ha desbordado toda condición local –y por lo tanto no abordable con los recursos propios de cada enclave-.

 

Y es que la geografía es otra: las sociedades del primer y tercer mundo con su apabullante complejidad, las ciudades con sus alucinantes estadísticas de crecimiento o incluso los grandes contenedores urbanos desde los asociados al comercio hasta los culturales, reproducen el mismo fenómeno: la obligación de crecer aunque sea tan solo para no estar quietos, muertos. El fenómeno de los sistemas que han desbordado toda idea conocida de orden, escala o equilibrio y su imposibilidad de recuperación –entendiendo por tal la vuelta a su feliz configuración original- afecta a todo hoy en día y nos deja sistemáticamente sin recursos. La arquitectura, en tanto que instrumento de acción con consecuencias físicas, como el transporte o la agricultura, sobre nuestro hábitat, se ha propuesto actuar asumiendo la agenda de la sostenibilidad con mezcla idéntica de responsabilidad e ingenuidad imponiéndose a sí misma una serie de exigencias sobre el consumo de recursos, el gasto de energía, las emisiones indeseables, la reciclabilidad de sus elementos, que ha dividido muy comprensiblemente el panorama entre fascinados y escépticos.

 

Sin embargo, a pesar de las diferentes posturas que se destilan de una y otra posición, ambas comparten la necesidad de asumir que el trabajo pendiente no pasa por la añoranza de un modelo ya inútil cuando no imposible sino por un cambio radical de paradigmas. Construir un mundo nuevo es algo que no se hace a base de repetir “mejor” lo que ya sabemos, construir lo mismo más ecológico, abundar en un modelo de confort y eficacia obsoleto sino a través de un replanteamiento radicalmente diferente de las ecuaciones, de una descripción crítica de lo que queremos y necesitamos, de lo que nos ayuda a vivir mejor, de lo que vamos a considerar lujo o riqueza en todos los sentidos, de lo que estimula nuestra emoción y produce placer. Digamos que es el momento para plantear una suerte de utopía (del griego: lugar que no existe) y trabajar en su construcción. Esta primera conclusión en forma de tarea global –construir un mundo nuevo- transporta una evidente carga heroica que debe ser matizada, incluso rebajada en su condición mítica para dar cabida al trabajo de todos los agentes y hacer útil y necesaria su participación. Esta accesibilidad individual a un asunto mundial resulta esencial pues sabemos que las posibilidades de incidencia de lo que hagamos serán mínimas si nos atenemos a la construcción consciente y atenta de lo que nos toque pues, en nuestro caso, es tan ingente la cantidad de arquitectura que se hace sin control cada día que poco puede aportar un pequeño sector más o menos inquieto al respecto. La segunda tarea es por lo tanto tratar de que todo lo que hagamos desborde su pequeña esfera local para inscribirse en un proyecto –cultural, técnico, económico, estético…- de escala mayor y desde allí contribuir a la construcción de un futuro deseable. Tras esta agenda se esconde una exigencia: la de plantearse el sentido de seguir basando la parte más visible de nuestro trabajo en la construcción de los casos particulares, convertidos en apabullantes juguetes que concentran admiraciones y despilfarro a partes iguales. Nuestro programa y cultura urbanos los reclama y, necesarios o no, se han convertido en la parte más espectacular del trabajo de los arquitectos hasta el punto de que parece ser que nuestro papel no es otro hoy en día que su diseño y construcción o al menos esa es la única razón por la que los arquitectos aparecen en los medios de comunicación. Sin renunciar a ello –los monumentos, lugares de reunión y símbolos de la deseada cohesión de las personas siempre han sido y serán objeto importante de la arquitectura- debemos plantearnos si no hemos escorado demasiado el barco de la arquitectura en esa dirección hasta hacer invisible o al menos intrascendente todo trabajo que tenga como objeto la construcción de la masa neutra y homogénea de la ciudad. Así llegamos a la tercera conclusión preliminar: aún conscientes de la importancia y la visibilidad que la arquitectura logra a través de la construcción de los momentos singulares de la ciudad, que, como en la Fórmula Uno pueden también ser laboratorios de investigación y ensayo de avances y descubrimientos, es en la construcción del fondo donde se aplica todo el conocimiento, donde se resuelve la verdadera aportación a la vida de las personas, donde se demuestra una utilidad verdadera y se levanta aquella utopía que llamamos ciudad.

 

Al menos en nuestras ciudades densas europeas y muy especialmente en las mediterráneas, la apuesta por un continuo residencial solo interrumpido por edificios singulares y espacios públicos delimitados ha generado un modelo que es hoy uno de los grandes patrimonios de su cultura. La renuncia histórica a la dispersión a favor de la acumulación y la renuncia al sueño anglosajón de la casa con jardín resulta hoy de lo más pertinente por “sostenible” e incluso flexible a la hora de enfrentar crisis (nuestros mileuristas pueden sobrevivir porque habitan el centro de la ciudad), o plantearse modos de vida que son elecciones de prioridades o compromisos conscientemente asumidos (compartir, renunciar al vehículo propio, acceder a una cultura barata de calidad o a unos servicios optimizados son virtudes de la densidad urbana).

 

Aquí queríamos llegar: se construyen o, para ser más evidentes, se han construido enormes cantidades de vivienda colectiva en España y ahora sabemos cuánto esa masa gigantesca ha influido en el crecimiento y transformación reciente de las ciudades. Hemos asistidos a un alucinante imperio de la mediocridad y el conformismo entretenidos en la construcción de los equipamientos y los elementos singulares sin apenas inmutarnos. No ganamos en los ochenta a pesar de sus evidentes logros, la batalla por la periferia, en la que creímos ver un lugar de experimentación de nuevas formas de urbanidad que se han resuelto en casi todos los casos con una vergonzosa envidia del centro sin gran aportación tipológica ni modelos atractivos de uso de la ciudad; tampoco puede decirse que fuéramos muy escuchados en los noventa en la batalla por la arquitectura mixta que pudiera mezclar usos en un enriquecimiento progresivo de los programas que disolvían sus límites haciendo cada vez más difícil la diferencia entre residencia, trabajo, ocio y que aún hoy choca contra unas ordenanzas que impiden la mezcla de usos “incompatibles” obsesionadas con salvar una estadística que solo existe en el papel de los planes urbanísticos.

 

Sin embargo, hay dos nuevos factores que vienen a otorgar una oportunidad nueva y que deberían ser tomados en consideración para seguir trabajando en lugar de entretenernos en lamentos inoperantes. Nos referimos en primer lugar a la cultura de la sostenibilidad o la sensibilidad medioambiental o como queramos llamarlo y en segundo, al resurgir de la idea de comunidad en todas sus versiones que aparece como instrumento eficaz para lograr un beneficio mayor de una ciudad que invita a participar y usar al límite su oferta diversa pero que no está exenta de exigencias e incomodidades. En la vivienda colectiva coinciden ambos programas y de ahí la pertinencia de plantearse su proyecto como asunto contemporáneo, mirando al futuro, y necesitado de investigación, renovación y propuestas que olviden lo ya anquilosado y desgraciadamente tan aceptado que dificulta cualquier novedad ante la reticencia de los promotores pero también de la administración que avanza muy lentamente en la revisión de sistemas operativos, normativas y procedimientos. Cultura ecológica y comunidad son ingredientes para una agenda revolucionaria en materia de vivienda colectiva pero ambos necesitan una limpieza de sus aspectos más evidentes y populistas. Nos centraremos ahora en el primero d estos ingredientes.

 

La inquietud ecológica referida a la arquitectura, dejando ahora de un lado teorías sobre la destrucción de la naturaleza y la culpa moralista que oprime tantos movimientos de conciencia, deviene en cultura, como el consumo o el acceso generalizado a la información, y como tal resulta objeto compartido de interés para todos desde las más variadas lecturas. A su sombra, se desarrollan intereses diversos, avanza la tecnología abriendo un abanico de posibilidades, se generan cuestiones estéticas, aceptaciones y renuncias antes imposibles, se adaptan planes de estudios, especializaciones y disciplinas, se multiplican las publicaciones y, sobre todo, se convoca una nueva conversación transdisciplinar en la que la arquitectura es invitada de honor. Con todo, la cuestión más caliente es sobre la manera de tomar de este estado de interés elementos útiles para elaborar aquel cambio de paradigmas reclamado al principio de este texto y poder trabajar con ellos siendo necesarios, sin caer en visiones redentoristas o ramplonas que puedan ensalzar la arquitectura más mediocre solo por ser más sostenible. Quizás, valga por empezar separando lo que nos interesa de lo que no y empecemos por lo que quisiéramos poner en duda:

 

-La obsesión por la sostenibilidad cansa cuando cae en manos de sus defensores, con su ensimismada atención exclusiva a “sus” temas despreciando cualquier otra variable que no sea el ahorro en sus múltiples versiones. Los modelos que santifica apenas son una repetición de la arquitectura más banal nutrida de recursos o gadgets que sustituyen a los anteriores de forma directa. Tenemos el aprendizaje histórico de la arquitectura prefabricada cuyo fracaso fue precisamente proceder por sustitución directa de elementos constructivos tradicionales reemplazándolos por los prefabricados en lugar de entender que tal procedimiento constructivo permitía y demandaba una redefinición completa de las técnicas y con ello del espacio y la estética asociada. De la misma forma, vemos aparecer paneles solares, chimeneas de ventilación, vidrios especiales, roturas de puente térmico… en un progresivo “tuneado” de edificios mil veces vistos que nada aportan a la arquitectura por mucho que si lo hagan al bolsillo de sus propietarios.

 

-La impertinencia de ver la sostenibilidad como una especialidad arquitectónica y no como un instrumento más del proyecto contemporáneo. Quizás desde la aparición de las grandes técnicas constructivas –hormigón, acero, construcción en seco…- no habíamos asistido al surgir de una línea de recursos nuevos tan completa pero eso no justifica que la arquitectura se divida en la que es sostenible y la que no, como no existe una arquitectura “no estructural” o “no instaladora” a pesar de la presencia substancial que estructura y redes infraestructurales tienen en el proyecto. Los recursos constructivos, energéticos, materiales, etc. puestos a punto por la industria, son conocimiento técnico nuevo con el cual proyectar y, con ello, anclar nuestro trabajo al presente.

 

-La absurda justificación de todo tipo de complejidades bajo el nombre de la sostenibilidad. La primera sostenibilidad será precisamente la más pasiva, aquella que se mide por renuncias y reducciones de variables, la que convierte a los edificios en decididos elementos dialogantes con el medio frente a la tradicional resistencia a su agresión. El siguiente paso será el apoyo del proyecto en la tecnología que hace posibles sus intenciones superponiendo bajo el adjetivo “técnico” las dos acepciones de la palabra como procedimiento instrumental y como los efectos obtenidos a su través.

 

Veamos ahora algunos aspectos que queremos rescatar y hacer nuestros del tema:

 

-Queremos explorar los nuevos recursos estéticos y compositivos asociados a la cultura de la sostenibilidad. Ligereza y delgadez han sido valores aceptados sin discusiones en su lucha contra el espesor y la inercia. Lo mismo se podría decir de la flexibilidad, la indeterminación, la fluidez, la transparencia… Todos ellos, sin necesidad de ser puestos en duda, deberán aprender a convivir con sus contrarios despejando todo moralismo de las palabras. Con ello se abren posibilidades nuevas, eliminado el sometimiento a unos paradigmas que sabemos insuficientes. Estamos con Michel Serres cuando afirma que de la fusión del mundo mundial y el mundo mundano surge la belleza y esa fusión no saldrá de otro sitio que de la revisión de nuestro código estético a la luz de las nuevas técnicas.

 

-Nos interesa hacer las cosas más simples, incluso no hacer o deshacer como proponía Cedric Price en su “Non Plan”; explorar los límites de la precariedad constructiva posible en consonancia con la vida útil de los edificios y sus programas; averiguar en qué momento la experiencia vital y espacial adquiere su equilibrio ideal con el confort y la satisfacción de necesidades para no añadir nada más. Aquí surge un tema crucial y es la pregunta sobre lo que es funcional pues sabemos que las necesidades subjetivas son tan importantes o más que las objetivas. Analizar lo que hemos heredado y repetido sin cuestión es pregunta siempre necesaria pero fundamental en la vivienda colectiva pues sin duda es el territorio más anquilosado. El piso, esa conquista fabulosa para sus propietarios, se mueve en una tradición y un mercado que no facilita las novedades. Revisarlo puede abrirnos campos de trabajo extraordinarios como es por ejemplo la revisión del concepto de utilidad o, por usar un término propagandístico, de “calidad de vida”. Así podríamos comprobar que la eliminación de lo superfluo es un ejercicio de gran consistencia pues puede poner en valor decoraciones, espacios aparentemente inservibles, elementos de gran calidad ambiental como unos techos altos al medir el beneficio obtenido con esfuerzos casi insignificantes, mientras que otras cosas aparentemente ineludibles pueden no soportar la relación inversión-beneficio (por ejemplo la supertecnificación del hogar o la preferencia por la vivienda unifamiliar aislada). Lo ideal sería que la irrupción de nuevas pautas y paradigmas, arrastrara la arquitectura hacia un nuevo refinamiento, otra sensibilidad más liviana, que no derivara sistemáticamente de la transformación o la conquista sino de la simbiosis y el añadido delicado que completa y corrige levemente, hacia aquella arquitectura que “no se opone a la corriente sino que la construye con el agua” que proponía Toyo Ito hace años.

 

-Recuperar para la arquitectura una posición ideológica. Al fin y al cabo, estamos hablando de un nuevo renglón operativo del proyecto que surge de una inquietud colectiva. Si no entendemos que hay algo real detrás de todo ello, que la construcción de ese nuevo equilibrio que es tarea colectiva es un programa necesario, la arquitectura quedará fuera de la conversación o representada en la mesa de negociación por los soldados del panel solar. Nos encontramos por tanto ante una situación en la que actuar sin elitismos ni nostalgias de los momentos estelares de las vanguardias pero con la misma mezcla de interés por las nuevas técnicas, los ideales que las soportan y la capacidad de la arquitectura para trabajar “culturalmente” con ellas en un mundo contradictorio. El trabajo colectivo surge como entorno capaz de producir novedades y posiblemente exigirá a los arquitectos alterar su rol de autor solitario rodeado de colaboradores subsidiarios para reducir las distancias entre los diferentes miembros de la conversación.

 

-El proyecto arquitectónico es el territorio para poner en práctica estos intereses y posibilidades. Es en el proyecto dónde es pertinente desarrollar una arquitectura integrada en contextos de mayor escala que el entorno más o menos inmediato. Y ahora sabemos que contexto incluye también variables invisibles que tienen que ver con equilibrios a todas las escalas, con la construcción a través de la transformación artificial del soporte de una nueva naturaleza que no distinga entre buenos (los árboles, animales, paisajes…) y malos (las ciudades, los coches, las personas…). Y esa será una arquitectura diferente porque se apropiará de atribuciones no consideradas hasta hoy como son la de respirar, palpitar, envejecer o desaparecer con sabiduría, siempre desde el proyecto. Y tendrá unidades nueva con las que medir otras variables – EPT o TEP (tonelada equivalente de petróleo), LCA o ACV (Análisis del Ciclo de Vida), EF o HE (Huella Ecológica)…- y se construirá con una familia nueva de materias primas, materiales reciclados, configuraciones híbridas…

 

Si la mitad de la población del planeta vive en ciudades y en dos décadas se calcula que lo harán dos terceras partes de la humanidad, si esa estadística está en España ampliamente superada (entre Madrid y Barcelona se reparten casi un quinto de la población) y las viviendas aisladas son un epifenómeno veraneante o aislado, no necesitamos muchos datos para entender que trabajando en la vivienda colectiva, estamos actuando sobre el mayor patrimonio edificado en volumen, consumo y crecimiento de nuestra práctica profesional. Cualquier oportunidad para recuperar ese territorio perdido en una sucesión de ambiciones y desprecios, debe ser aprovechada. Posiblemente, antes de desarrollar una lectura demasiado escéptica, parece oportuno proceder con astucia y tomar la carta ofrecida, luego ya veremos cómo la utilizamos en nuestro favor haciendo del lugar otorgado territorio de investigación y renovación de paradigmas de todo tipo.